El chiste se cuenta por si sólo

«Los jóvenes de ahora solo piensan en sexo».

Es una frase que escuchamos con frecuencia en las iglesias, en las paradas de taxi y en las conversaciones familiares. Una expresión que suele pronunciarse con tono de reproche, como si las nuevas generaciones hubieran inventado la sexualidad y fueran las únicas responsables de los problemas que giran en torno a ella.

Pero, a veces, una imagen basta para poner en evidencia las contradicciones de una sociedad.

Observemos la viñeta: a un lado, una mujer embarazada, rodeada de siete niños y con el dedo acusador levantado. Al otro, una pareja joven, sin hijos, vestida de manera informal y caminando con aparente tranquilidad.

La mujer acusa a la pareja de pensar únicamente en sexo.

Y entonces surge la contradicción: ¿con qué criterio juzgamos la vida sexual de los demás?

En muchas sociedades, el debate sobre la sexualidad juvenil está cargado de prejuicios. Se cuestiona a las parejas jóvenes que deciden convivir, utilizar métodos anticonceptivos o posponer la maternidad y la paternidad para terminar sus estudios, conseguir estabilidad económica y construir un proyecto de vida. Con frecuencia, estas decisiones se interpretan como señales de libertinaje, irresponsabilidad o pérdida de valores.

Sin embargo, pocas veces se aborda con la misma seriedad la importancia de la planificación familiar, la educación sexual, la responsabilidad parental y las condiciones materiales necesarias para criar a un hijo.

Conviene aclararlo: tener muchos hijos no convierte a nadie en una persona irresponsable, del mismo modo que no tenerlos no convierte automáticamente a una pareja en un modelo de responsabilidad. El verdadero problema aparece cuando se traen niños al mundo sin asumir plenamente las obligaciones que implica su crianza, o cuando se pretende juzgar a los demás sin aplicar los mismos criterios a la propia conducta.

Porque un hijo no es una prueba de superioridad moral, ni una pareja sin hijos es necesariamente un ejemplo de inmoralidad.

La responsabilidad sexual no se mide por el número de hijos, sino por la capacidad de tomar decisiones conscientes y asumir sus consecuencias.

Y aquí está el fondo de la cuestión: ¿por qué nos preocupa tanto que los jóvenes planifiquen su futuro, pero no siempre mostramos la misma preocupación por los niños que crecen sin acceso a una educación adecuada, sin alimentación suficiente o sin las condiciones necesarias para desarrollarse dignamente?

La pobreza infantil no puede atribuirse exclusivamente a la cantidad de hijos que tiene una familia. También intervienen la desigualdad, la falta de oportunidades, las deficiencias de los servicios públicos y la ausencia de políticas eficaces de protección social. Pero ignorar la importancia de la planificación familiar tampoco contribuye a resolver el problema.

La viñeta, más allá de su intención humorística, nos invita a cuestionar una doble moral profundamente arraigada: condenar la sexualidad de los jóvenes mientras se evita hablar abiertamente de educación sexual, anticoncepción, planificación familiar y responsabilidad parental.

Quizá los jóvenes también piensen en sexo. Sería absurdo negarlo. La diferencia está en que muchos quieren decidir cuándo tener hijos, cuántos tener y en qué condiciones criarlos.

Y esa posibilidad de elegir, lejos de ser una amenaza para los valores sociales, puede ser una expresión de madurez y responsabilidad.

El verdadero debate no debería enfrentar a jóvenes y mayores, ni a quienes tienen hijos y quienes no los tienen. Debería enfrentar la irresponsabilidad con la responsabilidad, los prejuicios con la educación y la condena moral con la reflexión crítica.

Porque, al final, el problema nunca ha sido únicamente quién piensa en sexo.

El problema es quién está dispuesto a asumir las consecuencias de sus decisiones y quién se siente con derecho a juzgar las de los demás.

A veces, el chiste se cuenta solo. Pero la realidad que hay detrás merece una conversación mucho más seria.

 




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