Fue al monte con las autoridades. Volvió con las manos vacías y la mentira expuesta.

 

 El helicóptero sigue sin aparecer. Pero lo que sí quedó al descubierto esta semana fue algo igualmente perturbador: la facilidad con la que la desinformación se convierte en esperanza, y la esperanza, en traición.
Durante días, una mujer que se presentó como curandera afirmó con seguridad saber exactamente dónde había caído la aeronave desaparecida. Su versión circuló, se compartió, se creyó. Las autoridades, presionadas por las circunstancias, tomaron en serio su testimonio y acordaron seguirla hasta el lugar que ella misma indicó.

Por Antonio Mba Mba Kiebiyene 

Hoy fueron. No encontraron nada.
No había rastro del helicóptero. No había señal. No había verdad. Solo el silencio del monte y la vergüenza de haber perdido un tiempo que las familias de los desaparecidos no tienen.

¿Qué mueve a alguien a inventar algo así? ¿Protagonismo? ¿Confusión? ¿Algo peor? Por ahora, no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que mientras esta mujer conducía a las autoridades hacia ningún lado, los familiares de las víctimas vivieron días de una angustia aún más cruel: la de creer que el fin estaba cerca, para luego descubrir que era mentira.

Este caso no es solo una búsqueda. Es también un espejo. Nos muestra lo que ocurre cuando compartimos sin verificar, cuando el rumor viaja más rápido que la verdad, y cuando el dolor ajeno se convierte en escenario para el engaño.

Las familias merecen respeto. Los desaparecidos merecen una búsqueda seria. Y la verdad merece, al menos, que esperemos a tenerla antes de difundirla.

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